sábado, 31 de marzo de 2018

El señor Wifredo

Imagen de la red, tuneada.

El señor Wifredo vino de las estrellas. Y se volvió a ellas. No lo sabe nadie, solo mi perro y yo. Queco al verlo la primera vez comenzó a gruñir, hasta que él le acercó las manos y se puso a lamérselas. Pero yo no me rindo tan pronto. Llegó un día muy nublado de hace unos meses al tercero, segunda; justo debajo de donde yo vivo. Poco después me mandaron a pedirle un calcetín que al tender, cayó en sus cuerdas y, cuando entré en su piso, enseguida noté que era extraterrestre. Ya me habían contado que en verdad no son verdes como en las películas. En su casa está todo tan ordenado, hay tantos libros y tanta luz, que no queda otra. Además, huele a nubes. De las de gominola, que las otras no sé a qué huelen. Y suena una música que es como si no estuviera, como si no la hubiera puesto nadie. Estaba clarísimo que era uno de ellos. Encima, cuando los vecinos se cruzaban con él, se les ponía a todos de pronto cara de estar a gusto así sin más. Desde que él llegó al bloque, es como si hubieran pintado la escalera o siempre fuera domingo. En serio. Todo muy raro. Y es que sonreía siempre. Aunque no tuviera motivos, el tío. A mí eso al principio me hizo no fiarme y estar pendiente. Solo sonríen de esa forma los que se pasan de felices o los asesinos en serie. Por lo menos es así en la Tierra. A veces bajaba en ascensor con mi madre o mi padre, que a las ocho y media ya llevan cara de ser las siete de la tarde, y en cuanto él se subía era como si de pronto les lavara la cabeza y les pusiera colonia de la que huele a fresco. Igual. Entonces, como notaba que yo me doy cuenta de esas cosas, me miraba y me decía, hola, majo. Sabía que conmigo las sonrisas a secas no van. Y es que prefiero mil veces pensar a sonreír. Pero tengo que reconocer, después de montar tantas veces yendo él subido, que no era peligroso. No sonreía por maldad. Aunque tampoco sabía el porqué. Lo he descubierto más tarde.
Anoche oí algo en el patio de luces, donde da la ventana de mi cuarto. Sonaba como si cayeran poco a poco hojas de algún árbol, aunque ya sé que eso no hace ruido. Queco, que duerme a mis pies, también miró hacia afuera antes de enroscarse para el otro lado. Me asomé y lo vi. Siempre lo supe. Iba subiendo lentamente una escalera invisible de caracol cuadrado. A la altura de cada ventana, sonreía y soplaba suave. Como si mandara sonrisa en polvo a cada familia. Cuando llegó a mi altura, mi perro meneó el rabo sin moverse ni abrir los ojos. El señor Wifredo se llevó un dedo a los labios, para pedirme que guardara silencio, pero la verdad es que yo no estaba hablando, ni pensaba hacerlo. Sin decir nada, me cogió de la mano y me condujo a la azotea, por los mismos escalones transparentes que él usaba. Allí arriba me mostró la nave que tenía aparcada. Brillaba. Todo el mundo cree que los ovnis son redondos en forma de ovni, pero no. Aquel cacharro tenía forma de ensaladilla rusa puesta en el plato de cualquier manera. Era chulísimo. Entonces, me besó en la frente, me revolvió el pelo y antes de meterse dentro de la nave, volvió a ponerse el dedo en los labios. Que sí, le dije flojito pero un poco harto. Ahí sonrió, y por fin supe por qué.

Esta mañana al despertarme mi madre me dijo muy apenada que el señor Wifredo se había ido al cielo. Ya, contesté. Ella me miró como esperando algo más, pero no añadí ni una palabra. Está claro que me estaba poniendo a prueba para ver qué sabía del tema. Pero yo, sin querer apenas, solo le sonreí. Y ella, como con los bostezos, lo hizo detrás.

Relato con el que participo en ZENDA, cuyo tema esta vez es #cienciaficcion